El ser humano se rige por costumbres y rutinas que son las que le dan seguridad en la realización y organización de tareas y en la vida en general. Por eso, cuando adquirimos una determinada rutina o costumbre nos supone un esfuerzo cambiarla o adaptarla a nuevas situaciones; se han de producir ciertos reajustes para sentirnos tan cómodos como estábamos con las anteriores. Esta experiencia, experimentada en nuestra vida en repetidas ocasiones, nos produce una resistencia general hacia el cambio.
Y esto sucede en la vida privada, donde somos generadores de nuestras propias decisiones. Así, ¿qué sucede cuando en nuestro puesto de trabajo se producen ciertas modificaciones?. Pues que sufrimos una desorientación que hace que las tareas se retrasen y nos provoca cierto desconcierto (sensaciones negativas).
Este hecho se minimiza si somos conscientes de la necesidad de cambiar las antiguas formas de hacer las cosas por otras nuevas. De ahí la importancia de la información y la correcta gestión de los cambios para que los efectos negativos se minimicen y se produzca una actitud colaboradora durante el proceso de implantación de las mejoras.
Por tanto, hagamos partícipes a todos, en la medida de lo posible, de las decisiones tomadas para que los objetivos de la organización formen parte de los objetivos comunes. Éstos, serán la guía para lograr aceptación y una mayor eficiencia en la implantación de mejoras.